Artes de Entrenamiento...

- - - - - " En la actualidad Respuesta Existencial, es una propuesta de acompañamiento desde la logoterapia, en forma personalizada para descubrir tu sentido vital. La educación de la Conciencia, a través de la Acción, es un proceso que sostenemos para pequeños grupos, en ámbitos educativos, o laborales. En cada acción, ofrecemos una respuesta al mundo. Somos llamados a responder desde nuestra existencia. La práctica engendra el autoconocimiento y el desarrollo del liderazgo. Promovemos una sociedad sin espíritu de provecho, basada en la “Sabiduría de la no dualidad”....Armónica, ética, íntegra y comprometida con la comunidad global." - - - - -

domingo, 14 de abril de 2013

Ir más allá, significa retornar.

Cuando el budismo llegó a China, aproximadamente hacia el siglo primero de nuestra era, se encontró allí con una cultura que tenía ya más de dos mil años de antigüedad. En esta antigua cultura, el pensamiento filosófico había alcanzado su punto culminante durante el último período Chou (500-221 a.C.), edad de oro de la filosofía china, y desde entonces el budismo ha ocupado un lugar preponderante dentro de la filosofía y la cultura chinas.Ya en un principio, esta filosofía tuvo dos aspectos complementarios. Siendo los chinos gente práctica y con una conciencia social altamente desarrollada, todas sus escuelas filosóficas estaban interesadas, de un modo u otro, en la vida en sociedad, en las relaciones humanas, los valores morales y el gobierno. Sin embargo, esto es sólo un aspecto del pensamiento chino. Como complemento a él está el aspecto místico del carácter chino, para el cual la más elevada nieta de la filosofía debía ser trascender el aspecto social y la vida cotidiana, alcanzando un plano de conciencia más elevado: el plano del sabio, ideal chino del hombre iluminado que ha logrado su unión mística con el universo.
Lao Tsé
El sabio chino sin embargo, no mora exclusivamente en ese elevado plano espiritual, sino que se interesa  igualmente en los asuntos mundanos. Unifica en sí mismo las dos partes complementarias de la naturaleza humana -sabiduría intuitiva y conocimiento práctico, contemplación y acción social-, unidad que los chinos han relacionado siempre con la imagen del sabio y del rey. Los seres humanos totalmente realizados, en palabras de Chuang Tzu, "a través de su inmovilidad se hacen sabios, y por su movimiento, reyes".Durante el siglo VI a.C., estos dos aspectos de la filosofía china evolucionaron dando lugar a dos escuelas filosóficas distintas: el Confucionismo y el Taoísmo. El confucionismo era la filosofía de la organización social, del sentido común y del conocimiento práctico. Facilitaba a la sociedad china un sistema educativo y al mismo tiempo estrictas normas de etiqueta social. Una de sus principales finalidades era formar una base ética para la familia china tradicional, con su compleja estructura y sus rituales de adoración a los antepasados. El taoísmo, sin embargo, se interesaba principalmente en la observación de la naturaleza y en el descubrimiento de su Camino o Tao. La felicidad humana, según los taoístas, se logra cuando los hombres siguen el orden natural, obrando espontáneamente y confiando en su conocimiento intuitivo.Estas dos tendencias de pensamiento representan los extremos opuestos dentro de la filosofía china, pero siempre fueron considerados como polos de la misma y única naturaleza humana, y por lo tanto, complementarios. El confucionismo deriva su nombre de Kung Fu Tzu, o Confucio, maestro muy prestigioso, quien consideró que su principal función era la de transmitir la antigua herencia cultural china a sus seguidores. El creador del taoísmo fue Lao Tse, cuyo nombre literalmente significa "El Viejo Maestro" y que fue, según la tradición, contemporáneo de Confucio, aunque bastante mayor que éste. Se dice que fue el autor de un breve libro de aforismos que está considerado como el principal texto taoísta. En China, normalmente se le denomina simplemente como el Lao-Tse mientras que en Occidente es usualmente conocido corno el Tao Te King. 
Los chinos, al igual que los hindúes, creían que existe una realidad última que sirve de base y unifica a la
Los opuestos
multiplicidad de cosas y acontecimientos que observamos: Hay tres términos: “completo”, "todoabarcante" y "total". Sus nombres son diferentes pero la realidad que todos ellos buscan es la misma: se refieren a la Única cosa”.
A esta realidad la llamaron Tao, que inicialmente significaba "el Camino". Se trata del camino o proceso del universo, del orden de la naturaleza. Posteriormente, los confucionistas le dieron una interpretación diferente. Ellos hablaban sobre el Tao del hombre, o el Tao de la sociedad humana, y lo entendían como la forma correcta de vida en un sentido moral. El Tao es el proceso cósmico en el que todas las cosas se encuentran y el mundo es percibido como un flujo y un cambio continuos.
Sin embargo, los chinos no sólo creían que el flujo y el cambio eran los rasgos esenciales de la naturaleza, sino también que en estos cambios existían unos patrones constantes, que debían ser observados por el hombre. El sabio reconoce estos patrones y dirige sus obras de acuerdo con ellos. De esta manera, se hace "uno con el Tao", viviendo en armonía con la naturaleza y triunfando en todo lo que emprende. En palabras de Huai Nan Tzu, filósofo del siglo 11 a.C.: El que se conforma al curso del Tao, siguiendo los procesos naturales del Cielo y la Tierra, encuentra fácil dirigir el mundo entero...
¿Cuáles son, entonces, esos patrones del Camino cósmico que el hombre tiene que reconocer? La principal característica del Tao es la naturaleza "cíclica" de su movimiento y cambio incesantes, "El retomo es el movimiento del Tao", dice Lao Tse, y "el ir más allá significa retornar". La idea es que todos los sucesos naturales, tanto los del mundo físico como los de las situaciones humanas, muestran patrones cíclicos de ida y vuelta, de expansión y de contracción. Los chinos creen que cada vez que una situación se lleva a su punto extremo, está destinada a darse la vuelta y convertirse en su opuesta. Esta creencia básica les ha infundido valor y perseverancia en los momentos de aflicción y les ha hecho cuidadosos y modestos en los momentos de éxito. Les ha conducido a la doctrina del "medio de oro" en la que creen taoístas y confucionistas. Según Lao Tse, "el sabio, evita los excesos, la extravagancia y el desenfreno".
Desde la perspectiva china, es mejor tener poco que tener mucho, y mejor dejar las cosas sin hacer que exagerarlas, porque, aunque de esta manera no se llegará muy lejos, es seguro que se irá en la dirección correcta. Exactamente del mismo modo que el hombre que va siempre hacia el Este acabará en el Oeste,  aquellos que acumulen cada vez más dinero para aumentar su riqueza acabarán siendo pobres. La moderna sociedad industrial, que constantemente está tratando de incrementar el "nivel de vida" y no consigue sino disminuir la calidad de vida de sus miembros, es una elocuente evidencia de esta antigua sabiduría china.

A la idea de la existencia de unos patrones cíclicos en el movimiento del Tao se le confirió una estructura definitiva mediante la introducción de los opuestos ying y yang. Son los dos polos que establecen los límites a los ciclos de cambio: Cuando el yang alcanza su punto culminante, se retira, dejando paso al yin. Cuando el yin alcanza su punto culminante, se retira, dejando paso al yang. Desde el punto de vista chino, todas las manifestaciones del Tao son generadas por la interacción dinámica de estas dos fuerzas opuestas. La idea es muy antigua y muchas generaciones trabajaron sobre el simbolismo del arquetípico par yin y yang hasta que se convirtió en el concepto fundamental del pensamiento chino. El significado original de las palabras yin y yang era el de los lados sombreado y soleado de una montaña, significado que da una buena idea de la relatividad de ambos conceptos: Aquello que deja aparecer ahora la oscuridad, ahora la luz, eso es el Tao. Desde los tiempos antiguos, los dos polos arquetípicos de la naturaleza fueron representados no sólo por luz, y oscuridad, sino también por masculino y femenino, firme y blando, arriba y abajo. Yang, lo fuerte, lo masculino, el poder creativo, se relacionó con el Cielo, mientras que yin, la oscuridad, lo receptivo, lo femenino y el elemento materno, estaba representado por la Tierra. El Cielo está arriba y en movimiento, la Tierra -según la antigua visión geocéntrica está abajo y en reposo, y de esta manera yang vino a simbolizar el movimiento y yin el reposo. En el reino del pensamiento, yin es la compleja y femenina mentalidad intuitiva, yang el claro y racional intelecto masculino. Yin es la tranquilidad, la quietud contemplativa del sabio, yang la fuerte acción creativa del rey.
El carácter dinámico de yin y yang está ilustrado por el antiguo símbolo chino denominado T'ai-chi T'u o "diagrama del fin supremo. Este diagrama es una ordenación simétrica de lo oscuro, van, y de lo
luminoso, yang, pero su simetría no es estática. Es una simetría rotacional que sugiere, de modo muy enérgico, un continuo movimiento cíclico: El yang regresa cíclicamente a su principio, el yin alcanza su punto máximo y genera al yang. Adaptado para el blog del Tao de la física de Fritjof Capra.

domingo, 7 de abril de 2013

Si me niegan, dudo de mí. Si me aceptan, creo en mí.

¿Quién soy yo? Necesito saberlo. Si no lo sé, ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Quién va a responder en mí a la vida? Entonces, debo tratar de responder. Mi cabeza trata de responder. Me aporta sugerencias sobre lo que soy: un ser humano que puede esto, que ha hecho eso, que posee aquello. Ofrece posibilidades de todo lo que conoce. Pero ella no me conoce, no conoce lo que soy en este momento. Y mi sentimiento ¿puede responder? Mis sentimientos son quienes podrían responder mejor, pero no están libres. Están al servicio del que quiere ser el más fuerte, el más grande, el más poderoso y que sufre todo el tiempo por no ser el primero. Entonces no se atreve, tiene miedo, duda. ¿Cómo puede saber? Ciertamente hay una sensación, la sensación de mi cuerpo. Pero mi cuerpo ¿soy yo? De hecho, no me conozco. No sé lo que soy. No conozco ni mis posibilidades ni mis limitaciones. Existo y, sin embargo, no sé cómo existo.
Creo afirmar mi propia existencia y dirigirla en una dirección determinada. Pero respondo a la vida emocional o intelectual o físicamente. Nunca soy yo quien responde. Creo que yo puedo hacer, cuando en realidad «soy accionado», movido por fuerzas de las que nada sé. Todo pasa en mí. Todo sucede. Los hilos son movidos sin que me dé cuenta. No veo que soy como simple títere, como una maquinaria puesta en movimiento por fuerzas exteriores. Al mismo tiempo, veo que mi vida transcurre como si fuera la vida de otro. Veo que me agito, espero, me lamento, tengo miedo, me aburro, sin que me sienta participar en ello.
La mayor parte del tiempo me doy cuenta a posteriori de que soy yo quien ha hecho esto o ha dicho aquello. Actué antes de darme cuenta de ello. Es como si mi vida se desenvolviese sin que yo participe conscientemente de ello. Se desenvuelve mientras yo estoy dormido. De vez en cuando, los sobresaltos o los choques me despiertan por un instante. En medio de una rabia, o de un dolor o de un peligro, abro los ojos: «¡Como un flash, veo mírate: soy yo, aquí, en esta situación, viviendo esto!» Pero después del choque me vuelvo a dormir y puede pasar mucho tiempo hasta que un nuevo situación o golpe me despierte. Comienzo a sospechar que no soy el que creía ser. Soy un ser dormido. Un ser que no tiene conciencia de sí mismo. En ese estado de sueño, confundo el intelecto, el pensamiento que funciona independientemente de la emoción, con la inteligencia que incluye la capacidad de sentir lo que uno razona. Mis funciones —mi pensamiento, mis emociones y mis movimientos— trabajan sin dirección, a merced de los choques accidentales y las costumbres. Es el estado de ser más bajo en el que pueda encontrarse el hombre. Vivo en mi mundo estrecho, subjetivo, limitado, dirigido por mis asociaciones, que vienen de todas mis impresiones subjetivas. Es mi cárcel, a la que siempre vuelvo.
Es mi cárcel a la que siempre vuelvo
La búsqueda del yo empieza con «¿dónde estoy?» Debo sentir la ausencia habitual del yo. Debo conocer la sensación de vacío, de mentira, que afirma siempre una imagen de mí mismo: el falso yo. Uno tiene la costumbre de decir «yo» sin creer realmente en ello. De hecho, no hay nada más en lo que uno pueda creer. El querer ser me empuja a decir «yo». Está detrás de todas mis manifestaciones. Pero no es
consciente. Habitualmente busco la convicción de mi Presencia en la actitud de los demás hacia mí. Si me niegan, dudo de mí. Si me aceptan, creo en mí.
Me pregunto si soy realmente esa imagen que afirmo. ¿No hay un Yo real que pueda estar presente? Necesito una experiencia directa del conocimiento de mí mismo. Primero tengo que ver los obstáculos que se interponen como una pantalla. Necesito ver que creo en mi mente, mi pensamiento. Creo que eso soy yo. Quiero saber, he leído, he escuchado. Todo eso es la expresión de mi yo ordinario, de mi ego. Eso me impide abrirme a la conciencia, ver «lo que es» y lo que «yo soy». Mi esfuerzo no puede ser impuesto. Uno tiene miedo del vacío, miedo de no ser nada. Entonces, uno se esfuerza por ser diferente.
Pero ese esfuerzo ¿quién lo hace? Debo ver que también eso viene del yo ordinario. Toda imposición viene del ego. ¿Podría yo no seguir siendo engañado por la imagen o el ideal impuesto por el pensamiento?
Necesito aceptar el vacío, aceptar no ser nada, aceptar «lo que es». Es en ese estado donde aparece la posibilidad de una nueva percepción..., ahí comienza un nuevo camino. Adaptación de reflexiones del Cuarto Camino del Sr. Gurdjieff ; sobre diferentes obras y  de la "Realidad del Ser" Salzmann, Jeanne.
Gurdjieff decía " No crean lo que les digo , no crean a nadie . Descubran por sí mismos" Una característica de un Maestro verdadero es ofrecer un conocimiento y permitir que el alumno descubra por su propia experiencia la evidencia de su verdad . La función del Maestro es sugerir y abrir el camino al conocimiento.

sábado, 9 de marzo de 2013

Un largo camino mental.

Hemos oído hablar que la búsqueda es espiritual, llega con el espíritu, o con el corazón, pero pocas veces con la mente. La razón dada por nuestro creador es para San Ignacio el punto clave del trabajo espiritual. Un verdadero esfuerzo en este sentido resultará en una verdadera razón de nuestra unión con lo divino.
El optimismo de San Ignacio de Loyola no es ingenuo, es crítico. Ignacio es rebelde ante la realidad no la acepta por su mera existencia, presencia o apariencia, desconfía de ella y por eso se sitúa con ojos de contemplación que, siendo auténtica contemplación, es paradójicamente tan crítica que la llama "meditación visible" [47], y es tan perspicaz que logra incluso convertir la palabra y su significación en objeto de contemplación [249] [254s]. No es el sentido común ni la percepción espontánea o cualquier tipo de reflexión primaria lo que garantiza el acceso a la realidad que queremos conocer
San Ignacio previene al ejercitante que "piense bien" [341], que observe atentamente "el discurso de las pensamientos" [333], que no se deje sorprender por los pensamientos de la desolación [317]; que reflexione constantemente [194] [233] [235, 236, 237], que discurra con el entendimiento [50, 51,53] [60] [54] [18o] [182] [234], que razone [199], más aún, que busque razones [361] y decline las “razones aparentes” [329] [351], que rumie las ideas para dominarlas [189] [342], que se concentre en el tema [127], que tenga en cuenta lo que observa [344], que examine atentamente [338], que pondere la significación de la palabra [258], que "considere razonando" [181] [182], “que descubra las astucias del enemigo" [7], que "este advertido" [164], que "ocupe la principal parte del entendimiento en la consideración" de lo que este evocando [214], incluso que "investigue" [135] y aprenda a "discernir" no solo ideas y sentimientos, sino el espíritu que le mueve y sus manifestaciones características [336]. Es decir, pone en acción las múltiples formas del pensamiento más crítico, para asegurarse de que va por el camino correcto para alcanzar lo que busca. Una lectura analítica del texto de los Ejercicios Espirituales revela la riqueza de sinónimos y de diversas formas de pensamiento y actividad mental que Ignacio usa y hace usar al ejercitante, demostrando así el rigor con que plantea la criticidad del conocimiento. Según San Ignacio, al conocimiento se llega por un largo camino mental. No importa si el tiempo invertido es tan súbito como la intuición o el insight, tan lúcido "que ni se duda ni se puede dudar" [175]. 
Camina ya.., un largo camino de sentidos, historia y memoria, te espera!
El recorrido para llegar a la meta del conocer, sea consciente o inconsciente, tiene pasos con la secuencia de un proceso. El primer paso lo dan los sentidos. Es un paso fundante y radical, que está en la raíz de todo cono­cimiento. Cuando San Ignacio habla de los "sentidos interiores", como cuando habla de "la vista de la imaginación" [47] [53] [65] [91] [122], o de los "cinco sentidos de la imaginación" [121], o de la "aplicación de los cinco sentidos" [66, 67, 68, 69] [122, 123, 124, 125] [132 [134] [208] [226], o solo de dos sentidos, es decir, "ver, mirar, oír" [106, 107, 108] [114, 115, 116] [194], no se está refi­riendo al paso fundante, sino a la salida de otro puerto ya construido, desde el que se llegará también a conocimientos, que vendrán cargados de otro tipo de información, "noticias" o vivencias. En los Ejercicios Espirituales, lo que el ejercitante ha de observar para contemplar o meditar, es siempre algo "traído de la memoria" [50] [51] [52] [71] [120] [206] [229] [234] o "traído de la his­toria" [102] [111] [137] [150] [191] [201] [219], cuya reconstrucción se le encarga a la imaginación [140] [143] y a la memoria. (Adaptado al blog, de la pedagogía Ignaciana).
Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo tomo; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

viernes, 1 de marzo de 2013

Las 6 Perfecciones.

El término “vehículo” es una traducción del sánscrito yâna que se utiliza como metáfora para comparar el mensaje de cada una de las grandes corrientes del budismo con un navío que lleva a los adeptos a través del río del dolor y de las reencarnaciones hacia el resplandeciente puerto del nirvâņa, indicando el medio por el cual la gente es conducida desde “esta orilla” de desilusión a la “otra orilla” de iluminación.
La clasificación básica incluye dos vehículos: Hînayâna y Mahâyâna, si bien existen otras variantes con tres vehículos. El Mahâyâna es nombrado como Bodhisattvayâna, (Vehículo de los Bodhisattva).
Las 6 perfecciones, donación, moralidad, clemencia, esfuerzo, meditación y sabiduría.
Puntos de diferencia entre los “dos vehículos” Cuando Śâkyamuni alcanzó la iluminación dudó algún tiempo antes de presentarse como “el despierto” (Buddha) y consagrarse de lleno a predicar su doctrina. Dos posibilidades se abrieron ante él: una, la de conservar su conocimiento para sí y absorberse en el nirvâņa; la otra, la de permanecer en este mundo y hacer partícipes de su sabiduría a todos los seres, movido por la “compasión” (karuņâ) hacia ellos. El término karuņâ, que se traduce normalmente por “compasión”, no significa en absoluto enternecerse o apiadarse de alguien; más bien, sería sinónimo del concepto que en Occidente se traduce por amor. Es sabido que Buda concedía una importancia principal a este concepto desarrollado posteriormente en la vertiente Mahâyâna, pues afirma en una de sus sentencias: “Solamente la virtud da un buen karma y la mayor de todas las virtudes es la compasión (karuņâ)”.
En el Majjhima-nikâya XXVI se pueden leer los siguientes versos que, según se dice, surgieron repentinamente en la mente de Buda: ¿Predicaré lo que con tanto esfuerzo conseguí? Los hombres, hundidos en pecado y deseos, encontrarían difícil sondear esta doctrina, siempre a contracorriente, abstrusa, profunda, sutilísima, difícil de captar. Sus amados deseos los cegarán hasta el punto de no ver, sumidos en la niebla espesa de la ignorancia.
En el mismo sûtra, se citan a continuación estas reflexiones de Buda: (…) Mientras así ponderaba, mi corazón se sintió inclinado a permanecer tranquilo y a no predicar mi doctrina. Pero la mente de Brahma Sahampati llegó a advertir los pensamientos que llenaban mi mente y pensó: “El mundo está perdido, totalmente perdido mientras el que halló la verdad siga determinado a no predicar su doctrina”. Por tanto, con la misma rapidez con que un hombre robusto puede extender su brazo o recoger su brazo extendido, Brahma Sahampati desapareció del mundo de Brahma y apareció ante mí. Llegó ante mí con su hombro derecho desnudo, y con sus manos ungidas y extendidas hacia mí en gesto de veneración, dijo: “Sea grato al Señor, sea grato al Bienaventurado predicar su doctrina. Hay seres cuya visión sólo está un poco oscurecida, que perecen porque no escuchan la doctrina. ¡Estos la comprenderán!
Estas dos son las actitudes fundamentales que, según interpretan algunos especialistas de las doctrinas budistas, se corresponderían respectivamente con el budismo Hînayâna (Pequeño Vehículo) y el Mahâyâna (Gran Vehículo). Mientras el budismo Hînayâna se extendió por el sur de India, subsistiendo actualmente en Sri Lanka, Myanmar, Camboya, Laos y Tailandia, el Mahâyâna prosperó en el norte de India, Tíbet, China, Vietnam, Mongolia, Corea y Japón.
El Mahâyâna, literalmente el gran, o superior, vehículo, combina los dos objetivos de auto-perfección y la iluminación de los demás seres humanos. A diferencia de la visión Hînayâna que trata de obtener la iluminación para uno mismo liberándose del Samsâra, para los seguidores del Mahâyâna tal consecución no merece la pena a menos que otros también sean guiados e iluminados...
Frente al ideal del Hînayâna, que exalta la condición del “héroe” o “asceta” (arhat), el budismo Mahâyâna propone el ideal del “ser iluminado” (bodhisattva). - La doctrina Mahâyâna se desarrolló religiosa y filosóficamente en torno al ideal del bodhisattva, término que significa “bien fijado sobre (sakta) la iluminación” Aunque perfectamente iluminado, el bodhisattva es un ser que pospone su entrada en el nirvâņa y permanece en la tierra para poder ayudar a otros seres a alcanzar la iluminación. Aquí aparece una novedosa concepción en la que se manifiesta que la iluminación, más que un ideal de "auto-perfección",... es un medio de ayudar a otros a obtener dicha perfección...!
En realidad, según el budismo Mahâyâna, todos los seres sintientes participan de la naturaleza de Buda y se encuentran capacitados para alcanzar esa iluminación, de modo que el ideal del bodhisattva se encuentra en relación con esta enseñanza básica del Mahâyâna.A causa de esta ayuda prestada a los demás seres en su camino de salvación, ......los bodhisattva disfrutan de un culto y son venerados en segundo lugar, sólo después del mismo Buda.- Los seguidores del Mahâyâna consideran esta perspectiva de carácter altruista, la vía del bodhisattva, como el centro de las diferencias entre los dos vehículos.
Insatisfechos con lo que ellos consideraban un exclusivo enfoque en la perfección individual de los seguidores del Hînayâna, que fundamentaban su doctrina en las Cuatro Nobles Verdades y en el Óctuple Sendero, los seguidores del Mahâyâna desarrollaron una nueva doctrina, las Seis Perfecciones, que sería
el núcleo de la práctica del bodhisattva. Las Seis Perfecciones (donación, moralidad, clemencia, esfuerzo, meditación y sabiduría) no sólo encierran todas las prácticas del Óctuple Sendero, sino que añaden además dos prácticas altruistas que tienen que ver con una dimensión social: donación y clemencia. Con el paso del tiempo, la corriente de budismo Mahâyâna, más tolerante que la Hînayâna, tuvo un superior número de seguidores debido a la gran variedad de “métodos” (upâya) que propone para alcanzar el nirvâņa o “supremo despertar”: amidismo, budismo tibetano, tantrismo, sistema de Nâgârjuna, etc.
Suzuki Daisetz sondeó las características que establecen las diferencias de las enseñanzas del budismo Mahâyâna con respecto a los otros vehículos budistas: Si se quisiera resumir el mahayanismo en una sóla palabra, podría decirse que su característica fundamental es el desarrollo teórico-especulativo. El budismo enseña, generalmente, tres formas de disciplina: moral, contemplativa e intelectual, la última de las cuales parece haber sido especialmente enfatizada por los mahayanistas, mientras que la disciplina moral se ha convertido en el rasgo principal del budismo del sur.
"El Despierto"
Seguidamente, Suzuki expone una puntualización en la que hace referencia directa a la corriente budista de Meditación: “Todas las escuelas budistas reconocían la importancia del bodhisattva. Pero los mahayanistas proclamaron la superioridad del bodhisattva sobre el arhat, ya que el segundo no está completamente liberado del “yo” y de ello es prueba que busca el nirvana para sí sólo”.
Claro está que los seguidores del Mahâyâna no han olvidado los otros aspectos del budismo distintos al intelectual, pues la práctica de dhyâna conserva todavía su plena vigencia; efectivamente, hay una escuela en Japón y China que lleva precisamente este nombre, dhyâna, y que ejerce una notable influencia especialmente en los ambientes cultos, pero, no obstante, sigue siendo cierto que el budismo Mahâyâna es básicamente el desarrollo de una corriente del budismo –la intelectual, especulativa y filosófica–, mientras que el Hînayâna preserva sus ideales éticos. Dhyâna, Jhâna, Ch’an y Zen, utilizados indistintamente por Suzuki, son los términos sánscrito, pali, chino y japonés, respectivamente, para designar el mismo concepto. Suzuki se refiere aquí, pues, al budismo de Meditación. Sobre las denominaciones propuestas para diferenciar estas dos ramas del budismo (Hînayâna- Mahâyâna). Pese a todas las diferencias existentes, puede decirse que lo que constituye el objetivo esencial del budismo Mahâyâna, al igual que el del budismo Hînayâna, es la realización efectiva de la iluminación, y su “filosofía” tiene valor únicamente en la medida en que sirve al hombre para alcanzar ese objetivo práctico.
La principal diferencia entre ambas corrientes consistiría en que mientras el budismo Hînayâna es un sistema individualista y abstracto que sostiene que la iluminación se produce tras un esfuerzo estrictamente personal e incomunicable, por su parte, el budismo Mahâyâna insiste en que esa iluminación ha de inspirarse en el “amor” (karuņâ) que se siente hacia los demás, los cuales, en último término, son uno mismo.
Con el agradecimiento especial a Javier Villalba Fernández, de su Compilación de Budismo Zen: Repercusiones Estéticas en Oriente y Occidente; (Memoria para optar el grado de Doctor).

martes, 29 de enero de 2013

La quietud de los ojos abiertos...

Todo el que ha crecido a la orilla del mar o en las montañas no podrá nunca olvidar las imágenes de los viejos pescadores, que, al acabar su trabajo se dejan caer inmutables y aletargados en la gran naturaleza o se funden con el ritmo de las olas o con las montañas, convertidas en olas de la tierra. Parecen unirse y quedar compenetrados con el hálito vital de todo. Así es como debe entenderse a los japoneses, cuando están sentados horas y horas, mirando a la naturaleza hasta perderse en ella. No debe olvidarse que la contemplación mística llega en el más alto grado del ejercicio, tal y como lo ejercita el monje Zen, con los ojos abiertos. ¡Qué sería de la quietud del alma, si dependiera del hecho de no ver más el mundo! Solamente el ejercicio, que vence el antagonismo entre el yo y el mundo, viviéndolo hasta su término, puede llevar a la armonía, manifestándola en la vida activa.
La mirada del pescador
Todos hemos vivido, de alguna manera estas experiencias: Cuando dábamos un paseo por la noche, ese momento, cuando, en el que hemos sentido de muy distinta manera la tranquilidad a nuestro alrededor, al vernos asustados de repente por el grito de un pájaro. La tranquilidad comienza a hablar por sí misma; deja de ser la nada y se convierte en el lenguaje de la vida más enérgica y concentrada. Lo mismo podemos experimentar, cuando el leve ruido de la rama, que rompe el ciervo a su paso, llena de repente con la multivariada vida del bosque la tranquilidad, de la que surge ese leve sonido. O también, cuando gozamos en el campo de la tranquilidad del mediodía, mirando a lo lejos en un día soleado y sin viento, y nos llega inesperadamente desde la lejanía el sonido de una campana...
De pronto, toda la vida encerrada en esa nueva tranquilidad resuena silenciosamente!!. Todo esto sólo son sonidos pasajeros. En ellos se experimenta el sonido japonés de la cultura de la quietud, cuando ésta se ejercita en lo objetivo. Se trata de ver, mejor dicho, de “percibir” la vida en sus formas aparentes de tal manera que llegue al ser interior a través de las formas del “fondo indivisible”, en el que residen todas las formas con la raíz de su naturaleza. La cultura de la quietud, que nos manifiesta el primitivo lenguaje del mundo objetivo, se inicia y constituye fundamentalmente al formar, ver u oír las cosas, imágenes y situaciones de tal modo que el movimiento del espíritu no se entretenga en ellas, sino que llegue a través de ellas al fondo vital, del que provienen y que sólo pueden articular. El ejemplo más sencillo y sin duda más conocido es la tetera que zumbaba. Este”zumbido” del éxito con el ejercicio no sólo aparece en la ceremonia del té (“Sadoo”), sino también en cualquier momento de la vida cotidiana. Cuando se oye adecuadamente, surge de él una quietud peculiar. Hay algo muy distinto en ello y eso es lo que busca el japonés. Hay algo especial que nos habla.
A veces se oye que el zumbido del té le recuerda al japonés el susurro de los pinos salvajes en la soledad de las altitudes. Pero no es en sí del susurro de los pinos de lo que tratamos aquí, sino de la quietud, que nace del murmullo de los pinos salvajes.
Tropezamos aquí con una de las paradojas tan numerosas en la vida del espíritu japonés, cuando se trata de levantar una vez más el velo, con el que tiene cubierta el yo la marcha de la vida. El sentido del “espíritu”, que a la manera de ser japonesa debe entenderse “cercano a la vida”, consiste en hacer palpable ese reino, que está más allá de todas las formas, encerrándolas todas en sí mismo. Esto se consigue a través de la peculiaridad de cada una de las formas que ese mismo reino crea; un reino, que en su unidad indivisible no es otro que el reino de la quietud. Todo lo demás es inmadurez y estancamiento en una apariencia bonita, que oculta la verdadera vida.

La tranquilidad en la obra consumada de Emilio Ambasz
  • La tranquilidad. En este punto y en el plano del espíritu, existe una diferencia muy clara con el europeo. La quietud que el espíritu transmite al europeo proviene de la tranquilidad, que le procura el placer de una obra realizada por el espíritu y de su participación en su realización y culminación; es la tranquilidad de contacto con el sentido, elevado por encima de todo tiempo y lugar, que brota sin interferencias de la forma perfecta. La obra de arte concluida descansa totalmente en sí misma, “lo bello resplandece en sí mismo” –como dice Mörike-. Lo divino se refleja, autosatisfaciéndose a sí misma, en el bello resplandor de las formas creadas por el espíritu y en el orden armonioso de un todo completo. Un sentido intemporal nos eleva por encima del ámbito de nuestra existencia, al contemplar u oír semejante culminación. Nuestro desasosiego se calma y todos nuestros esfuerzos se serenan en la obra acabada; nos sentimos dichosos con la plenitud y quedamos totalmente tranquilos.
  • La quietud. El espíritu y quietud japoneses, por el contrario, no nos elevan por encima de nuestra existencia, sino que más bien introducen en sus “raíces”. El japonés no busca la “forma válida” en sí, ni tampoco la culminación o armonía de conjunto de su obra maestra, sino que busca algo sin forma, sin imagen, algo que centellea a través de las formas repletas de sentido y llena de resonancias la razón común y primitiva de nuestra vida. Valora tanto más a una forma, cuanto menos aprisiona y encadena al hombre y más lo conduce a un estado de ánimo, en el que percibe la gran armonía, libre de cualquier forma. La forma tiene valor en la medida, en que su idioma particular alumbra el “gran uno” y permite al hombre entroncarse con la causa primitiva con una fuerza mágica. La “obra maestra” consiste en sentir el gran uno, que tiene su razón de ser más allá de las formas, surgidas de él mismo y al que todas vuelven de nuevo y que, al mismo tiempo, es el todo de todas las fuerzas en uno.
La cultura de la quietud, libre de toda forma
Sensibilizar la vida por medio de la paradoja del espíritu es un método que impregna todas las artes y tiene su forma máxima en los aforismos (“Koan”) sin sentido, que el maestro Zen transmite a su discípulo, para que éste despierte a la vida profunda, cuando falle lo racional. Está, por ejemplo, el baile. El arte de bailar aparece a nuestros ojos como un arte consumado, cuando el bailarín nos hechiza y arrastra con la diversidad de movimientos a un todo, que adquiere toda su belleza a través de una armonía total. El embrujo del baile japonés consiste en que el bailarín baila alrededor de un eje invisible e imposible de bailar en sí, pero que se convierte por el arte del movimiento en el centro, que da sentido a la vida, lo conserva y lo recupera se convierte en sí mismo en una vivencia. La grandeza del maestro en el arte de bailar aparece tanto en la fuerza de su capacidad para hacer sentir lo inamovible, como en la grandeza de la eflorescencia de movimientos que se permite alrededor del centro invisible.
Ellen Miffitt
Algo similar podemos encontrar en una de las ramas de la pintura (“Zenga”): en el arte del blanco y negro, procedente de la actitud del Zen. Un pájaro, pintado con breves trazos sobre una rama seca, que se extiende hacia el vacío; un pequeño bote, que se interna en las profundidades del mar; algunos tejados, que surgen de entre la niebla matutina o las siluetas de algunas cumbres, que hunden al atardecer, como si fueran el reflejo momentáneo de un espíritu que se sirve de ellas –todos estos serían los casos más a mano de un arte, que intenta en todo momento, y sobre todo en el lenguaje, hacer sentir la quietud creadora y redentora de esa vida, que es anterior a todas las formas, y que, estando en ellas, las sobrevive; un arte, que origina todo lo especial, al igual que el mar produce las olas, pero que vuelve a reunirlo en su unidad.
El mar sólo puede hacerse visible en la ola. Sus profundidades sin fondo se convierten en una vivencia, cuando la ola no se da importancia a sí misma y considera su existencia como algo proveniente del fondo y no como algo que se constituye por sí mismo. Esto mismo sucede con el hombre. "La razón de la forma está en manifestar lo informable, ya que sus manifestaciones, que sólo tienen la duración de un reflejo de espíritu, aparecen para volver a desaparecer". La forma en sí misma no es nada. Si manifiesta la plenitud del insondable fondo primitivo y lleva al espíritu ante la presencia de la verdad de la gran ley, entonces el yo refleja de manera impecable el gran orden de todo. Cuando nos vemos arrastrados así por una obra de arte al origen primitivo de la vida, nos vemos invadidos por la quietud, de la que parte todo lo vital.

La cultura de la quietud significa, por tanto, en el reino de las formas creadas: dejar hablar al gran vacío, dejar brillar a la gran oscuridad y aprender a ver al gran invisible. 

En resumen: hacer sentir el gran vacío y aprender a comprender al gran incomprensible. Es como si siempre estuviera aquí en juego la máxima undécima de Lao Tsé: “Treinta radios se encuentran en el cubo de la rueda, pero el vacío entre ellos es lo que da la esencia a la rueda. Las ollas está hechas del barro, pero el vacío en ellas es el que les da su esencia. Los muros con su puertas y ventanas forman la casa, pero sus espacios vacíos constituyen la esencia de la casa. En el fondo y como principio: lo material encierra su utilización y lo inmaterial constituye la sustancialidad.”
Agradecimiento y especial adaptación de: "La aplicación del Budismo" de Marco Antonio de la Rosa Ruiz Esparza.

lunes, 7 de enero de 2013

¿Qué ejercicio ha hecho o está haciendo?

En el carácter cultural japonés, la existencia de una relación más fuerte con el “camino” que con la “obra” queda fielmente reflejada en su concepto del “ejercicio”. Los occidentales, al hablar de ejercicio, pensamos ante todo en el desarrollo de una cierta capacidad, en una técnica para conseguir un rendimiento concreto. “Ejercicio” significa para el japonés, aun tratándose de conseguir un rendimiento concreto, el camino de la madurez interior. Esto llega a tal extremo que cuando tropieza a una persona madura inmediatamente le pregunta, ¿qué ejercicio ha hecho o está haciendo? El sentido del ejercitarse descansa primordialmente en occidente en el “rendimiento”, para el japonés en la “madurez”. Esto supone una advertencia general. Supone que ha llegado la hora de que los occidentales reconozcamos de nuevo o experimentemos por vez primera, la oportunidad de madurar, (que encierra todo ejercicio). Nuestra vida humana está surcada por actividades, más o menos automatizadas a base de ejercicio, que garantizan un rendimiento perfecto. De niños tuvimos que “ejercitar” el sentarnos, permanecer de pie y caminar hasta que lo “conseguimos”. Lo mismo sucedió con el hablar, el leer y el escribir. El hombre se ejercita a lo largo de su vida en todo tipo de cualidades y capacidades. Ejercita el deporte, y hace lo mismo con cualquier oficio o con cualquier tipo de arte.
"El saludo previo a la práctica, donde se toma conciencia del Ego y de la tensión que deberá liberarse para madurar"
Pero, ¿dónde encontramos entre nosotros un ejercicio relacionado no sólo con el rendimiento, sino también con la autorrealización del hombre, y esto no a posteriori, sino a priori? 
Una obra perfecta presupone un ejercicio. El ejercicio, partiendo de la base de una capacidad, lleva a la adquisición de una habilidad por medio de continuas repeticiones; se trata, pues, de una habilidad “no existente anteriormente”. Todo ejercicio encierra dos factores: una relación objetiva y otra subjetiva, un momento real y otro relativo, una modificación de nuestro mundo y una modificación del sujeto. Todo ejercicio tiende a un rendimiento concreto y objetivo y al prerrequisito de este rendimiento, la adquisición de una capacidad. Pero también puede buscarse el sentido del ejercicio no en el rendimiento concreto, sino en la formación de la capacidad correspondiente, y –yendo todavía más lejos- en la formación de una capacidad de tipo universal. Suele decirse que la finalidad de cualquier deporte no está en conseguir un rendimiento continuado, sino en la formación de las funciones corporales y espirituales, responsables de ese rendimiento. El ejercicio deportivo favorece en general al fortalecimiento corporal y espiritual de la persona. Al joven, que no quiere comprender para qué puede servirle el latín en su vida, se le dice que es un estupendo ejercicio “para pensar”. Como puede verse, el interés sigue centrado en el rendimiento, acentuándose más su parte subjetiva que la objetiva. Se trata de formar una “capacidad”, es decir, unas funciones con las que el hombre “tenga” más y “pueda” más. Pero el tener o poder más no significa que el hombre sea en sí más. Existe, no obstante, el ejercicio con vistas a cambiar la manera de ser el hombre. Este ejercicio va más allá de la simple formación de una capacidad. 
Error: Solo una oportunidad de mejora.
Todo ejercicio encierra en sí la posibilidad de elevar la contextura interior de toda la persona a un grado superior, que le facilita experiencias más elevadas y capacita para otro tipo de “actividades” y no sólo para un “rendimiento” mayor. Son las experiencias y actividades, que no evidencian la “posesión de ciertas capacidades”, sino la liberación y desarrollo de la manera de SER personal. El hombre siente en toda actividad desacostumbrada una tensión entre un yo voluntarioso, pero todavía inexperto y un objeto resistente. Sea cual fuere la clase de rendimiento, siempre que la persona consigue perfeccionar tras prolongado ejercicio una técnica, que le permite adquirir una cierta rutina, alcanza también el placer conferido por la soberanía del espíritu. Una soberanía, que supera todas las tensiones precedentes entre el yo y el objeto o la discrepancia entre la falta de capacidad y el rendimiento exigido. Debido a esas tensiones y discrepancias anteriores, el hombre vive la “solución” conseguida a base de ejercicio como una concordancia profundamente satisfactoria entre el sujeto y el objeto. La dicha que regala ese momento de armonía es la señal de un hecho de gran importancia. La ejecución de los actos ejercitados y finalmente automatizados funciona sin la interferencia de la tensión entre el yo y el objeto. Uno de los caminos para la vivencia de esa consonancia es el entrenamiento. La experiencia decisiva, que nos llega con la solución, está en comprobar que la armonía lleva consigo la desaparición de la tensión entre el yo y el objeto. Pero sólo “UNA TÉCNICA PERFECTAes capaz de hacer desaparecer esta tensión. No puede conseguirse esa consonancia perfecta, mientras el yo tenga todavía que “querer”. Esa maravillosa experiencia se alcanza cuando el “yo”,…deja de esforzarse y el objeto del rendimiento deja de ser una posición contraria. La automatización técnica posibilita la experiencia de la consonancia, pero el hombre, que está (preocupado por el rendimiento), no se detiene ante el profundo significado y el placer que proporciona esta consonancia. El hecho de que esa profunda armonía de la vida dependa de la ejecución desinteresada de todas las actividades, es una experiencia de un significado insondable. Es aquí donde surge la profundidad característica de toda vida, en la que cada acontecimiento singular participa al mismo tiempo de la gran unidad de la vida. El hombre, que se esforzaba al principio como yo, pasa, olvidando su propio yo, por encima de las fronteras de su ensimismamiento y puede alcanzar el placer de una armonía cósmica y experimentar en grado elevado la unidad de la vida que “oculta su propio yo”. El desarrollo de esta experiencia desde sus inicios hasta su fortalecimiento como actitud espiritual equivale a un largo camino.
Es el camino de todos los ejercicios japoneses, 
cuyo denominador común es la madurez de la persona. 
Para el japonés el carácter de rendimiento de los ejercicios pasa a un segundo plano, mientras que el occidental no pierde de vista, por lo general, ese rendimiento o las capacidades y habilidades necesarias para el mismo. La oportunidad que encierra la automatización técnica para experimentar esa armonía, gana por el contrario en importancia. - Los occidentales presentimos una amenaza de los valores personales en la automatización técnica, que reduce al mínimo la actividad espontánea del yo y de la voluntad, por ejemplo, en la moderna mecanización del proceso laboral. - El japonés en cambio reconoce y acepta esa oportunidad de la automatización para poder experimentar la armonía y la asienta y consolida por medio de continuos ejercicios en una actitud espiritual, que da un sentido (sentido de la vida); total a su vida personal. (Sistema Toyota). En la medida en que el hombre rompe el cerco al que está sometida la unidad de la vida por la tensión yo-objeto, en esa misma medida adquiere el goce resultante de esa unidad libre, vivida conscientemente a través de la experiencia de la armonía, y puede conservar esa misma unidad –como un “órganotransparente de la vida– en un rendimiento más acabado. Para el japonés uno de los caminos de la madurez pasa por el ejercicio, causa y origen de esa transformación. El antagonismo entre lo solo “subjetivo” y lo “objetivo” pierde todo su peso, cuando la transformación del yo personal en órgano de la gran unidad da a la vida todo su sentido. Cualquier “objeto” puede convertirse entonces en objeto de “ejercicio”, es decir, en ocasión y motivo de la “encarnación”. Un japonés, lleno de edad y sabiduría me dijo (nos cuenta el conde Dürckheim) en cierta ocasión: “Para que una cosa adquiera relevancia religiosa, sólo necesita ser sencilla y repetible”. ¡Sencilla y repetible! Toda nuestra vida cotidiana está llena de cosas sencillas y repetibles. Pero para el japonés, ellas se convierten en oportunidades de experimentar lo “auténtico y verdadero”. Adquiere de nuevo conciencia de sus automatismos inconscientes, y los convierte en objeto del “ejercicio para la experimentación de la armonía” y también del ejercicio de un estado del propio yo, en el que ésta experiencia de la armonía y su custodia pasan a ser el “leimotiv” de toda su vida. Las cosas más normales del mundo son para el japonés objeto de ejercicio propio: andar, permancecer en pie, sentarse, respirar, comer y beber, escribir, hablar y cantar. Todas las artes marciales: el tiro, la esgrima, la lucha, una vez liberadas de su sentido material de vencer al enemigo, se convierten en una oportunidad de conseguir una disposición espiritual, en la que el hombre maduro “vence sin luchar”, porque “mantiene fuera del juego” por un lado el rendimiento perfecto y deja por otro de considerar a un contrincante como un “objeto”. El alumno prosigue su esfuerzo con interminables repeticiones en las artes de pintar, de colocar flores, de cantar, de contar narraciones, en la forja de la espada y el la pintura de cerámica. Pero sabe que sólo puede conseguirlo, cuando el hombre, muerto a sí mimo y convertido en órgano de la vida, actúa desde la gran unidad, que comienza a florecer en el lenguaje de la naciente imagen interior y en la figura viviente de las creaciones humanas. Sólo así puede entenderse al japonés cuando dice: “Tirar con el arco y bailar, colocar flores y hacer esgrima, pintar o luchar, beber té o cantar –en el fondo todo es lo mismo”
Ahora bien, si te levantas con orgullo, no sirve, si te levantas sin pensar en  el resultado,  ahí está el camino.
 Todo el que comienza a practicar artes marciales, confunde en esta frase muy japonesa (Nana Korobi Ya Oki); lo que quiere expresar, ya que solo puede verla desde la perspectiva del rendimiento. Pero desde el ángulo de la autorrealización, entendida como “madurez” y vista como ejemplo de expresión de la vida superior en esa otra vida breve, la frase es de una evidencia total. 

Este artículo, se basa en al experiencia real sobre las artes marciales, suma la integridad y claridad de Marco Antonio Ruiz Esparza, y si piensas que puede cambiar tu vida, comienza a hacer lo que haces con este nuevo enfoque, podrás mejorar la calidad de vida de otros y la tuya. @KIAI_DO

domingo, 30 de diciembre de 2012

La filarmónica de la fe.

A modo de reflexión y finalizando el 2012, me pareció oportuno dejar estos ejemplos biblicos sobre la fe y la caridad. A lo largo de este año que termina, es decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión. En este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesús, «que inició y completa nuestra fe»: en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos 2000 años de nuestra historia.
Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega. Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad. Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario. Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón, los transmitió a los Doce.
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro. Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino, que está presente y se realiza en su persona . Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas. Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura y, sin temor alguno.
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos. Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos. Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida, han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio.: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban. En definitiva OBRAS, OBRAS, OBRAS!

Este año, que se nos va ¿que significó esta fe en nosotros? ¿Estuvo como decía San Pablo en la oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad?. 
San Pablo
San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad». Con palabras aún más fuertes, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”».«Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios?».San Pablo, por su parte, subraya: «No consiste el Reino de Dios en hablar sino en hacer». Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del hombre, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas: «Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras.
Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (...). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma» (S. Bernardo, In Octava Paschae, Sermo 2,1).
Como ustedes saben en la Argentina, tanto como en Paraguay, ante tanta pobreza, hay seres increíbles que mueven su fe y las convierten en obras. Este vídeo es el ejemplo más concreto del "hacer".

Si esta información te sirvió, sería bueno que lo reenvíes a quien lo necesite. Manos a la obra!
Este material es en parte extraido de la Convocatoria de Benedicto XVI, al año de la fe, de: http://bibliadenavarra.blogspot.com.ar y de Olga Augent (IEA); quien nos enviara este magnífico material.

martes, 25 de diciembre de 2012

No todos los árboles son verdes.

Durante su trabajo en el Counseling Center de la Universidad de Chicago Carl Rogers tuvo la oportunidad de trabajar con personas afectadas por una amplia variedad de problemas personales: el estudiante preocupado por su posible fracaso académico; el ama de casa atribulada por dificultades matrimoniales; el individuo que se siente al borde del derrumbe o de la psicosis; el profesional responsable que dedica gran parte de su tiempo a fantasías sexuales y se desempeña mal en su trabajo; el estudiante brillante, el mejor de su promoción, paralizado por la convicción de que es un inadaptado sin esperanzas ni ayuda posible; el padre desesperado por el comportamiento de su hijo; la jovencita que, a pesar de su constante éxito, sufre frecuentes accesos de depresión; la mujer que teme que la vida y el amor pasen a su lado y sigan de largo, y que sus logros profesionales no sean sino una mísera recompensa; el hombre convencido de que es víctima de un complot urdido contra él por fuerzas poderosas o siniestras. 
Rogers a partir de sus exhaustivos trabajos y estudios llega a la conclusión de que tal vez solo exista un único problema. La experiencia de muchos clientes en la relación terapéutica parecen plantear una única y misma pregunta. En el fondo, todos se preguntan:...
"¿Quién soy yo realmente?" "¿Cómo puedo entrar en contacto con este sí mismo real que subyace a mi conducta superficial
Detrás de la máscara. Aparentemente, el objetivo más deseable para el individuo, la meta que persigue a sabiendas o inconscientemente, es llegar a ser él mismo. Cuando una persona llega a la terapia, atribulada por su peculiar combinación de dificultades, es sumamente útil crear una relación en la que se sienta segura y libre. ¿Cómo emplea el cliente esta libertad?...Comienza a abandonar las falsas fachadas, máscaras o roles con que ha encarado la vida hasta ese momento.
En este intento de descubrir su auténtico sí mismo, el cliente habitualmente emplea la relación para explorar y examinar los diversos aspectos de su propia experiencia y para reconocer y enfrentar las profundas contradicciones que a menudo descubre. Entonces aprende que en gran medida su conducta y los sentimientos que experimenta son irreales y no se originan en las verdaderas reacciones de su organismo, sino que son sólo una fachada, una apariencia tras la cual trata de ocultarse. Descubre que una gran parte de su vida se orienta "por lo que él cree que debería ser y no por lo que es en realidad". 
A menudo advierte que sólo existe como respuesta a exigencias ajenas, y que no parece poseer un sí mismo propio; descubre que trata de pensar, sentir y comportarse de la manera en que los demás creen que debe hacerlo.
En relación con este problema, el filósofo dinamarqués Sören Kierkegaard describió, , el dilema del individuo, haciendo gala de un perspicaz insight psicológico. Este autor señala que, por lo general, la causa de la desesperación reside en no elegir ni desear ser uno mismo y que la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido “ser alguien diferente de sí mismo”. Por otro lado, “en el extremo opuesto a la desesperación se encuentra el desear ser el sí mismo que uno realmente es”; en esta elección radica la responsabilidad más profunda del hombre.
Estos clientes se embarcan en el aterrador trabajo de explorar los sentimientos turbulentos y sin embargo, el individuo avanza hacia ese objetivo cuando tiene libertad de pensar, sentir y ser.

“¿Pero qué tipo de persona llega a ser el individuo? 
No basta con decir que abandona las fachadas. 
¿Qué clase de persona surgirá?” 

Según Carl Rogers, podemos decir que las siguientes 3 características representan a la de una persona que se convierte en lo que es.
1. La apertura a la experiencia. En primer término, diré que en este proceso el individuo se abre a su experiencia. en el extremo opuesto a una actitud de defensa. La investigación psicológica ha demostrado que si los datos sensoriales se oponen a la imagen del sí mismo, se distorsionan; en otras palabras, no podemos asimilar toda la información que nos brindan nuestros sentidos, sino sólo la que corresponde a nuestra imagen. Ahora bien, en una relación como la que he descripto, esta actitud rígida o defensiva tiende a ser reemplazada por una mayor aceptación de la experiencia. El individuo se vuelve más abiertamente consciente de sus propios sentimientos y actitudes, tal como existen en él en el nivel orgánico. También advierte con mayor facilidad las realidades externas, en lugar de percibirlas según categorías preconcebidas. Ve que no todos los árboles son verdes, ni todos los padres severos y descubre que no todas las mujeres lo rechazan ni todas las experiencias fracasadas le demuestran su inutilidad. En una situación nueva es capaz de aceptar los hechos tal como son y no los distorsiona con el objeto de que se ajusten al modelo que le sirve de guía. Como es de esperar, esta capacidad de abrirse a la experiencia lo vuelve más realista en su actitud frente a la gente y a las situaciones y problemas nuevos. Ello significa que sus creencias pierden su anterior rigidez, y que puede tolerar la ambigüedad y soportar gran cantidad de pruebas contradictorias, sin verse obligado a poner fin a la situación. Pienso que esta apertura a la percepción de lo que existe en este momento en uno mismo y en la realidad es un elemento importante en la descripción de la persona que emerge de la terapia.
2. La confianza en el propio organismo. 
Las personas que han recibido un tratamiento terapéutico exitoso presentan una segunda característica que resulta difícil describir. Al parecer, el individuo descubre paulatinamente que su propio organismo merece confianza, que es un instrumento adecuado para hallar la conducta más satisfactoria en cada situación inmediata. Puesto que quizás esta segunda característica parezca extraña, trataré de explicarla mejor. Tal vez la descripción resultará más clara si pensamos en el individuo que enfrenta una disyuntiva existencial: “¿Voy a visitar a mi familia durante las vacaciones o veraneo solo?”; ¿Acepto esta tercera copa que me ofrecen?”; “¿Es ésta la persona con quien me gustaría compartir mi amor y mi vida?”
¿Qué me dice mi cuerpo?
En tales situaciones, ¿qué ocurre con la persona que ha experimentado un proceso terapéutico? En la medida en que esa persona puede captar toda su experiencia, tiene acceso a todos los datos relacionados con la situación y puede utilizarlos como base para su conducta. Conoce sus propios sentimientos e impulsos, a menudos complejos y contradictorios y es capaz de percibir las exigencias sociales, desde las “leyes” sociales relativamente rígidas hasta los deseos de sus amigos y su familia. Puede evocar situaciones anteriores similares y recordar las consecuencias de las diferentes conductas adoptadas en esas situaciones. Posee una percepción relativamente correcta de esta situación externa en toda su complejidad, Con la ayuda de su pensamiento consciente, puede permitir a su organismo considerar, evaluar y equilibrar cada estímulo, necesidad y demanda y sopesar su gravitación e intensidad relativas. Sobre la base de estas complejas consideraciones, es capaz de descubrir la elección que más se aproxima a la satisfacción de todas sus necesidades mediatas e inmediatas en esa situación.
Puede ser útil advertir que en la mayoría de nosotros, los problemas que interfieren en esta consideración residen en el hecho de que incluimos elementos que no forman parte de nuestra experiencia y excluimos otros que efectivamente la integran. De esta manera, un individuo puede pensar que es capaz de controlarse en relación con la bebida, a pesar de que una apertura a su pasado le indicaría su error, o bien una joven puede ver sólo las cualidades positivas de su futura pareja, cuando la apertura total a la experiencia le indicaría que él tiene también defectos.
Por lo general, cuando un cliente se abre hacia su experiencia, descubre que su organismo es digno de confianza y siente menos temor hacia sus ‘propias reacciones emocionales. Paulatinamente aumentan la confianza y aún el afecto que le despiertan la variedad de sentimientos y tendencias que en él existen. La conciencia deja de controlar un conjunto de sentimientos peligrosos e imprevisibles y se convierte en adecuado albergue de un cúmulo de impulsos, sentimientos y pensamientos que se auto gobiernan de manera satisfactoria, en ausencia del severo control hasta entonces ejercido.
3. Un foco interno de evaluación. 
Otra tendencia que se manifiesta en el proceso de convertirse en una persona se relaciona con la fuente o centro de las relaciones y decisiones o de los juicios de valor. El individuo llega progresivamente a sentir que este foco de evaluación se encuentra en él mismo. Cada vez acude menos a los demás en busca de aprobación o reprobación, de pautas por las cuales regir su vida, de decisiones y elecciones. Reconoce que en él reside la facultad de elegir, y que la única pregunta importante es: “¿Estoy viviendo de una manera que me satisface plenamente y que me expresa tal como soy?” Quizás ésta sea la pregunta más importante que se pueda plantear el individuo creativo!!
Reconocer que “yo soy el que elige” y que “yo soy el que determina el valor que una experiencia tiene para mí”, es algo que enriquece pero también atemoriza. 
- Foto de Antonio Villa - 
El río que fluye...
Una última característica global de esas personas que luchan por descubrirse y llegar a ser ellas mismas. Se trata de que el individuo parece más satisfecho de convertirse en "un proceso" que en "un producto".
Cuando inicia la relación terapéutica es habitual que el cliente desee lograr un objetivo determinado: quiere solucionar sus problemas, ser eficiente en su trabajo o solucionar sus dificultades matrimoniales, En la libertad de la relación terapéutica, tiende a abandonar esos objetivos; acepta con más satisfacción el hecho de no ser una entidad estática, sino un proceso de transformación. 
"Uno se ve en acción; parece saber hacia dónde se dirige aunque no siempre sabe conscientemente cuál es su meta" Estas palabras expresan la confianza en el propio organismo y en el descubrimiento de sí mismo como proceso. Describen, en términos personales, la captación de uno mismo como flujo de llegar a ser y no como un producto acabado.
Ello significa que una persona es un proceso en transformación, no una entidad fija y estática; un río que fluye, no un bloque de materia sólida; una constelación de potencialidades en permanente cambio, no un conjunto definido de rasgos o características.
He aquí otra aserción que también alude a ese elemento de fluidez o vivir existencial: “Todo este conjunto de experiencias y los significados que hasta ahora he descubierto en él, parecen haberme lanzado a un proceso que me fascina, pero que a veces me atemoriza un poco."
Significa que me dejo llevar por mis experiencias, en una dirección que parece ser hacia adelante, hacia objetivos que apenas puedo discernir, mientras intento comprender al menos el sentido de esa experiencia. Tengo la sensación de flotar en la compleja corriente de la experiencia y tengo la posibilidad fascinante de intentar comprender su complejidad siempre cambiante y aceptar esto como parte de mi desarrollo y mi felicidad.” 
Adaptado de "El proceso de convertirse en personal", Carl Rogers. Fotos web, y agradecimiento  especial a http://bitacoradeviaje.antoniodevilla.com. Si este artículo puede ayudar a otro, no dejes de copiar su contenido y difunde su conocimiento. Una nueva era de información global ha comenzado en el 2012 - Feliz Navidad.

domingo, 7 de octubre de 2012

El Sol Negro.

La resiliencia se define como la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación. Así, la clave reside en los afectos, en la solidaridad, y éstos en el contacto humano. Por muy grave que sea lo que haya sufrido un niño, la psique se revela tan flexible, que con los ingredientes del contacto humano, el entendimiento, la palabra, se puede volver "a flote". Son los padres o cuidadores sustitutos, como mediadores con el medio social, los que ayudan a su constitución a través de una acción neutralizadora de los estímulos amenazantes. Boris Cyrulnik* utiliza para entender el fenómeno de la resiliencia el concepto de "OXÍMORON", que es una figura de la retórica que consiste en reunir dos términos de sentido opuesto para generar un nuevo significado: la "oscura claridad", un "maravilloso sufrimiento", el "SOL NEGRO" de la melancolía.
El oxímoron revela el contraste de aquel que, al recibir un gran golpe, se adapta dividiéndose. La parte de la persona que ha recibido el golpe sufre y produce necrosis, mientras que otra parte mejor protegida, aún sana pero más secreta, reúne, con la energía de la desesperación, todo lo que puede seguir dando un poco de felicidad y sentido a la vida".
- La desgracia nunca es algo puro. Tampoco "La felicidad" -. Se puede aprender a modificar estos sentimientos".
LOS TUTORES DE RESILIENCIA
"Sol Negro, desde lo opuesto un nuevo significado"
"Un tutor de resiliencia es alguien, una persona, un lugar, un acontecimiento, una obra de arte que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma. Casi siempre se trata de un adulto que encuentra al niño y que asume para él el significado de un modelo de identidad, el viraje de su existencia. No se trata necesariamente de un profesional. Un encuentro significativo puede ser suficiente. (…) Muchos niños comienzan a aprender en el colegio una materia porque les agrada el profesor. Pero cuando, veinte años después, uno le pide al profesor que explique la causa del éxito de su alumno, el educador se subestima y no sospecha hasta que punto fue importante para su alumno"...
Tim Guenard
Cuando comienza a contar su vida, Tim Guénard nos dice que "cuando se habla de hermosas casas o de coches viejos, siempre se cuenta bellamente su reconstrucción. Pero cuando se ve a un niño que se agrieta, a un adulto que se derrumba, la gente se plantea tantas preguntas que ya ni siquiera se atreve a hacer cosas muy simples: mirar con amabilidad, tocar o hacer compañía".
Tim cuenta...Abandonado por su madre. La única imagen que le quedó de ella es alejándose, de espaldas, con unas botas blancas. A él lo dejaba atado a un poste de luz en una ruta. Golpeado por su padre alcohólico, despreciado por su madrastra y sus hijos que lo confinaban en la "cucha" del perro a la intemperie. La última golpiza del padre con un palo y lanzándolo a un sótano lo deja con múltiples fracturas, un ojo reventado y un oído estallado. Despierta del coma de tres días en un hospital donde pasa tres años, curándose y volviendo a poder caminar. De un orfanato donde su aspecto físico no da la medida para que sea adoptado, es entregado, junto con otros niños, a una "nodriza" que también lo maltrata, previo paso por un hospicio para enfermos mentales donde lo envía una médica simplemente por sus antecedentes. Termina en un duro correccional donde se lo rotula y estigmatiza como un niño "descarriado". Se transformó en una persona de riesgo, "echado a perder" y por lo tanto, "irrecuperable". Esas palabras dirigidas al niño, renovaban las violencias vividas. Su única esperanza era llegar a matar al padre, eso lo mantenía con vida. Fue ladrón, huyó de las instituciones en que lo internaban y su historia sigue...pero...fue detenido y se encontró con una jueza (cumplía su viejo deseo de tener una madre) que lo hizo pasar a su despacho y empezó a hablar con él,...le prestó atención! y finalmente le consiguió trabajo en un taller de escultura. Nadie daba mucho por su duración en el trabajo y a su profesor principal, que hacía diseño industrial, enojado porque rechazó un trabajo suyo, le rompió todos los dibujos del año. El profesor paso de largo del suceso y durante dos años y medio le enseñó geometría, tecnología, dibujo industrial, etc. Dice Tim: "soñé con tener un padre como él". El diploma que finalmente obtuvo se lo regaló a la "jueza-madre" que le dio la posibilidad de lograrlo. Crecí queriendo matar a mi padre. Pues bien, ahora quiero a mi padre. Si hoy soy un hombre feliz, con una mujer, cuatro hijos y amigos, no puedo ser lo que soy sin todo mi pasado. Cuando antes se decía que no era nada, sentía vergüenza. Cuando voy a la cárcel a visitar a los prisioneros, con frecuencia me dicen lo mismo: que se sienten "torcidos" –no es grave: imagínense que tuviéramos que arrancar de cuajo, en la Tierra entera, todo lo que esté torcido; dejaríamos de tener vino, aceite de oliva, frutas. Para las cosas torcidas se pone un tutor para que puedan dar frutos-; que se sienten "podridos" – fíjate, una manzana podrida, la tiras y quedan las pepitas. ¿Y que hay después de las pepitas? Un nuevo árbol que crece, y del árbol nuevo, nuevos frutos". Tim Guenard con esos antecedentes que pronosticaban un destino funesto para su vida, llegó a encontrar los tutores de resiliencia necesarios para terminar siendo coautor de Boris Cyrulnik, entre otros, de "El realismo de la esperanza".

¿ENTONCES COMO DAR PASO A LA ESPERANZA?
Es muy importante mencionar la filosa crítica social que Boris Cyrulnik* desarrolla a partir de la utilización que hace del concepto de resiliencia. Por ejemplo cuando afirma como "en el contexto cultural de los hospitales psiquiátricos de los años 1940, se hablaba mucho de la lucha por la vida, de la selección de los más fuertes, es decir de la eliminación de los más débiles. El amontonamiento de 120.000 enfermos mentales, las restricciones alimenticias, la ausencia de cuidados y la intención anunciada de eliminar a aquellos que contaminaban la raza facilitaron las decisiones insidiosas que hicieron pasar la mortalidad habitual de esos extraños hospitales de 6,88 % en 1938 a 26,48 % en 1941. (…) Pero los 40.000 enfermos que desaparecieron no dejaron huellas, ni escritos de relatos. Los horrores que contaban cuando podían testimoniar eran considerados como horribles delirios, pero la que estaba loca era la sociedad!! Esos enfermos murieron en silencio que era lo que se deseaba después de la guerra, cuando se quiso reconstruir la nación sin arreglar las cuentas con el pasado". Su conclusión es que muchas veces la conducta social se resume en esta frase: "Usted que ha sufrido tanto, díganos lo que pasó. Pero sólo tiene derecho a decir lo que queremos escuchar...". Hoy en día la profundización y la cronificación del proceso de exclusión social en una sociedad cada vez más inequitativa, desafían la capacidad de los sistemas sociales, educativos y de salud para enfrentar tanta injusticia social.
Boris Cyrulnik
En la visión de Cyrulnik la resiliencia significa un mensaje de esperanza "porque en psicología nos habían enseñado que las personas quedaban formadas a partir de los cinco años. Los niños mayores de esa edad que tenían problemas eran abandonados a su suerte, se les desahuciaba y, efectivamente, estaban perdidos. Ahora las cosas han cambiado: sabemos que un niño maltratado puede sobrevivir sin traumas si no se le culpabiliza y se le presta apoyo". La historia explica el presente pero nunca cierra el futuro.
Cuando se habla de resiliencia se plantea de inmediato su aplicación en el plano social, de salud o educativo a las poblaciones más desfavorecidas por una sociedad que genera pobreza, inequidad, exclusión, delincuencia, enfermedades de todo tipo. "Los drogadictos confunden la felicidad con el bienestar momentáneo. El 'flash' de la droga les da una sensación de bienestar que se apaga de inmediato y los desespera, en tanto los que tienen un proyecto trascienden la realidad"

"Una infelicidad no es nunca maravillosa. Es un fango helado, un lodo negro, una escara de dolor que nos obliga a hacer una elección: "someternos o superarlo".
"Cuando un niño sea expulsado de su hogar como consecuencia de un trastorno familiar, cuando se le coloque en una institución totalitaria, cuando la violencia del estado se extienda por todo el planeta, cuando los encargados de asistirle lo maltraten, cuando cada sufrimiento proceda de otro sufrimiento, como una catarata, será conveniente actuar sobre todas y cada una de las fases de la catástrofe: habrá un momento político para luchar contra esos crímenes, un momento filosófico para criticar las teorías que preparan esos crímenes, un momento técnico para reparar las heridas y un momento resiliente para retomar el curso de la existencia"
Si cada uno de nosotros se convirtiera en un "Tutor de Resiliencia", para esos niños de los que escapamos en la calle, la vida se convertiría en lo que siempre hemos soñado...Si estás dispuesto a cambiar, empieza mañana a hablar con alguno de ellos, deja que el amor sea!!

*Boris Cyrulnik. Nació en Burdeos en 1937 en una familia judía, sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que él logró huir cuando sólo tenía 6 años. Tras la guerra, deambuló por centros de acogida hasta acabar en una granja de la Beneficencia. Por suerte, unos vecinos le inculcaron el amor a la vida y a la literatura y pudo educarse y crecer superando su pasado. El Dr. Cyrulnik es psiquiatra etólogo. Director de Estudios en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Toulon. Este artículo, fue reelaborado a partir del nº 85 de Perspectivas Sistémicas, marzo- abril del 2005. Reenviá este artículo, puede ayuda a cambiar a la Argentina.